La puerta de atrás.

Un viento seco,

asfixiante,

polvoriento.

Un rostro anclado en la tierra,

unos ojos perdidos en el cielo.

Pasan arbustos errantes

por este inhóspito desierto,

qué lejana se ve la esperanza

cuando ya no quedan fuerzas

para un nuevo comienzo.

Labios cuarteados

por feroces espadas de fuego.

Un cuerpo derrumbado,

entre la histeria de los lagartos

y la canción de las serpientes.

En la soledad de los páramos

nunca queda sitio

para las causas perdidas,

el sol reina en lo alto

y todo lo mira y domina.

Pero viene de las colinas

un dulce susurro,

es la invitación,

la maravillosa promesa

escrita en los horizontes.

Y entonces comprendo al fin,

que llega la hora de aplacar la sed,

que es el momento de beber en la línea del cielo

para llenarse de afán,

que es tiempo de volver a caminar

y de avanzar descalzo

sobre el asfalto caliente,

sin mirar atrás,

y de gritar con fuerza

a los cuatro vientos,

porque he vuelto.

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