La etapa del Tour.

EL SUEÑO DE COMPLETAR UNA ETAPA DE MONTAÑA DEL TOUR DE FRANCIA.

Foto 1: La vida puede ser maravillosa.

Foto 2: Notando una ligera subida de temperatura en el motor.

Foto 3: Subiendo el Col de Menté y sus 18 curvas de herradura.

Foto 4: Esto empieza a complicarse.

Foto 5: Al mal tiempo, ¿buena cara?

Foto 6: Seriamente tocado.

Foto 7: Hundido y muertito.

Foto 8: Zombie.

Foto 9: The walking dead, pero al menos walking.

La crónica:

16 de julio de 2007. Francia. Pirineos. Después de vomitar en la cima del Port de les Balès subí de nuevo a la bici y decidí continuar. Por lo menos haría el descenso de la cuarta montaña del día y estaría en la base de la quinta y última, el Col de Peyresourde.

En la foto salgo pálido y con cara de cadáver. Y eso era exactamente lo que era, un auténtico despojo humano con más de 160 kilómetros de pirineos acumulados en las piernas. No recuerdo nada que no me doliese, pero me daba un poco igual. Lo que más me hundía era que veía casi imposible poder llegar al final, a la meta de Loundenvielle, kilómetro 199.

Así, haciendo serios esfuerzos para sujetar el manillar y trazar las curvas, logré descender y enfilar la subida al Col de Peyresourde. Los primeros tramos los fuí haciendo con un pedaleo patético y cansino. Un kilómetro de un 8% de desnivel me hizo parar un instante. Continué. Casi arrastrándome llegué a unas casas, donde la pendiente aflojaba un poco. La gente salía con mangueras para mojar a los participantes de la ruta cicloturista y yo rezando, por Dios que no me rieguen, que con el salto térmico me quedo tieso.

Pasé las casas, y nuevamente paré a sentarme un poco en un pretil de la carretera. Intenté tomar un gel de café que había cogido en el avituallamiento, suspirando porque mi estómago lograse absorver algo rápidamente para llevarlo a la sangre y que ésta insuflase vida a mis piernas destrozadas. Veía pasar a otros participantes de la ruta ciclista y todos iban en silencio, aquello parecía una procesión de zombis.

Subí de nuevo a la bici tratando de motivarme con algo, “venga que quedan 6 kilómetros de subida y lo consigo”, “ánimo valiente, que puedes”. Me lamentaba porque después de unos pirmeros 150 kilómetros muy bien hechos, ahora se iba a estropear todo. ¡Quien tuviese una coca-cola fresquita!, sabía que de tenerla, se calmaría el estómago y algo de azúcar llegaría enseguida a la sangre y me daría vidilla. Ví un bar, pero no tenía ni un euro en el bosillo. Seguí un poco. Ví una fuente de agua y fui a refrescarme. Bebí algo, no mucho, no era cuestión de encharcar el estómago, lo que sería peor. Pero agua sólo no iba a servir de mucho.

Me tumbé en un prado. Cerré los ojos. Continuar así es imposible. Se acabó. Que vengan y me recojan. Son sólo cuatro kilómetros de subida los que quedan. Cuatro miserables kilómetros. Pero el bloqueo muscular era tal, que esos cuatro kilómetros de Peyresourde eran un muro imposible de superar. Allí tumbado con los ojos cerrados estuve unos diez o quince minutos, no sé.

Abrí los ojos y ví a un señor gordote con perilla al lado de una caravana. No estaba seguro de que fuese real, a lo mejor era un espejismo. Me dije, ese seguro que tiene algo de coca-cola. Me acerqué a él y le solté: “monsieur, si vu plait, a petit coca-cola…”. Me miró con desprecio y me dijo en francés algo así como “si te doy a tí, le tengo que dar a todos esos que pasan por ahí”.

Total, que subí a la bici. Dí una pedalada, luego otra. Me movía. No sé de dónde saqué las fuerzas pero logré volver a avanzar. Mi pedaleo era patético, pero era pedaleo. Si hacía falta, para subir como fuera, iba en zig-zag por algún tramo. Pasó algó más de un kilómetro. Levanté la vista. Allí estaban, ante mis ojos y a lo lejos, las últimas curvas del Peyresourde. Si lograba subirlas lo conseguiría.

Llegué a la primera curva de herradura. Al girar sentía que no era yo el que giraba, era la bóveda celeste la que pivotaba sobre mi cabeza. Alguna gente a los márgenes me aplaudía. Yo pensaba, “vamos, vamos, que ya está”, “aguanta como sea”. Otra curva de herradura. Otro tramo más duro. Sigo. Levanto otra vez la vista y veo la última rampa del Peyresourde. Detrás de ella estaba el sueño, y el horizonte lo presentaba ante mis ojos en forma de un cielo azul y mágico. Poco a poco iba estando más cerca, y más cerca.

16 de julio de 2007. El día que subí el Peyresourde. Un día que recordaré siempre.

Después de subir las montañas más duras… se llega al valle de la victoria:

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  1. El valle de la victoria. | Buscando na liña do ceo.

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